Entrevista: "El diseño post-crisis debe replantearse desde la justicia social, climática y territorial"
30-04-2026
Las arquitectas y doctoras en Urbanismo Kathrin Golda-Pongratz y Carmen Mendoza Arroyo dirigen el nuevo máster en Post-Crisis Design , una de las grandes apuestas formativas de la UPC School para el próximo curso 2026-2027. En un contexto marcado por las crisis climáticas, los desplazamientos forzados y los conflictos prolongados, el programa propone repensar la reconstrucción no como una respuesta técnica puntual, sino como un proceso ético, colectivo y transformador. Desde una triple mirada espacial, social y ambiental y trabajando en múltiples escalas, desde el núcleo del hogar hasta el territorio, el máster plantea una nueva mirada al diseño post-crisis basada en la justicia, la equidad y la resiliencia a largo plazo.
En los últimos meses, hemos visto cómo las crisis ya no son episodios aislados, sino fenómenos superpuestos y prolongados que dejan consecuencias devastadoras desde desastres climáticos hasta guerras y desplazamientos masivos. ¿Por qué es urgente repensar hoy la reconstrucción de los territorios desde una nueva mirada?
Cuando comenzamos a trabajar en este ámbito desde la escala urbana y arquitectónica, los proyectos de cooperación relacionados con desastres y desplazamientos solían ser puntuales y, en muchos casos, localizados fuera de Europa. A menudo respondían a dinámicas cíclicas y relativamente previsibles. Sin embargo, con el incremento de los efectos del cambio climático, estas crisis se han vuelto globales, más frecuentes y, en muchos casos, simultáneas. Esto implica escenarios mucho más complejos, que requieren una mirada sistémica y especializada para poder abordarlos. En este contexto, la reconstrucción ya no puede limitarse a responder a la emergencia, sino que debe integrar resiliencia, justicia social y adaptación a largo plazo desde el diseño del entorno construido. Esto implica, en la práctica, incorporar a la comunidad como parte activa del proceso, ya que las personas afectadas viven durante largos periodos en condiciones provisionales o informales.
Sin ir más lejos, hemos trabajado y observado de cerca la situación de personas desplazadas por la erupción del volcán Cumbre Vieja, en La Palma, que llevan cuatro años viviendo en contenedores, sin aislamiento ni espacios públicos donde poder reunirse. Esto pone de manifiesto un desplazamiento que se concibió como una solución de emergencia, pero que no tuvo en cuenta a las personas afectadas, obligadas a vivir durante años en asentamientos que nada tienen que ver con sus viviendas originales, rodeadas de vegetación. Estas situaciones evidencian la necesidad de replantear profundamente los enfoques tradicionales de reconstrucción y desplazamiento.
Tradicionalmente, las intervenciones de emergencia se han centrado en soluciones más rápidas y técnicas. ¿En qué se diferencia el enfoque reconstructivo desde el diseño que proponéis en este máster?
A diferencia de las respuestas de emergencia centradas en soluciones rápidas y estandarizadas, el enfoque reconstructivo desde el diseño que proponemos entiende la intervención como un proceso a largo plazo, con capacidad de adaptación. Esto implica superar la lógica de importar modelos y materiales, y formar profesionales capaces de trabajar desde el contexto, utilizando materiales y técnicas constructivas locales como base para procesos sostenibles en el tiempo. En este sentido, el máster aborda las distintas fases de la crisis (emergencia, reconstrucción y prevención) e incorpora la adecuación cultural a través de la participación comunitaria como parte central del proceso de diseño. Los métodos cualitativos no se plantean como herramientas meramente consultivas, sino como parte integral de la metodología de reconstrucción, permitiendo responder a las necesidades reales de la población afectada y a las dinámicas sociales y de poder presentes en el territorio.
Así, en el caso antes mencionado de La Palma, la demanda de espacios de encuentro por parte de la comunidad llevó a la transformación de áreas de aparcamiento asfaltadas en lugares públicos que aportaran mayor dignidad a los asentamientos temporales en Los Llanos de Aridane. La elaboración de estas propuestas, aunque no resolvía los principales problemas del asentamiento, evidenció una carencia que no estaba siendo considerada. El contacto directo con la comunidad y la identificación de sus necesidades impulsaron este proyecto.
Asimismo, se está avanzando desde soluciones de cobijo de emergencia hacia el desarrollo de tipologías de viviendas semipermanentes, capaces de adaptarse a contextos de primera emergencia e incorporar materiales locales. La ONG Every Shelter, que colabora con el programa, está desarrollando tipologías de este tipo que no solo mejoran las condiciones habitacionales, sino que incorporan procesos de transferencia de conocimiento hacia las comunidades refugiadas en Uganda, permitiendo que sus miembros adquieran capacidades constructivas y puedan actuar como formadores dentro de sus propios contextos. De este modo, la intervención trasciende el diseño del objeto construido para convertirse en un proceso de empoderamiento local, en el que el conocimiento se comparte, se adapta y se multiplica dentro de la comunidad.
El objetivo no es únicamente diseñar, sino generar soluciones más sostenibles, resilientes y socialmente integradas.
El programa plantea la reconstrucción como un proceso ético a largo plazo. ¿Qué implica esta visión en términos de diseño, planificación y toma de decisiones?
Entendemos la reconstrucción como un proceso de toma de decisiones en contextos de incertidumbre, en el que la capacidad de adaptación resulta fundamental. Desde esta perspectiva, el diseño no puede reducirse a una herramienta técnica, sino que debe asumirse como un proceso que integra principios de equidad, participación y responsabilidad a largo plazo, con el objetivo de evitar la reproducción de desigualdades y fortalecer las capacidades locales. En este sentido, consideramos esencial que, desde el inicio de cualquier proyecto, se establezca un diálogo real con la comunidad, que permita comprender no solo sus necesidades, sino también las dinámicas sociales y las estructuras de poder existentes. Este enfoque facilita la adaptación de las propuestas a las distintas fases de la crisis y contribuye a su pertinencia y sostenibilidad. Cuando se trabaja como agentes externos, este aspecto adquiere aún más relevancia, ya que implica apoyarse en actores locales y garantizar que la comunidad tenga un papel activo y significativo en todo el proceso.
Nuestra experiencia nos ha mostrado que, en contextos complejos, las intervenciones más efectivas no son necesariamente las más ambiciosas, sino aquellas que mejor responden a las necesidades reales del territorio. Por ejemplo, en un proyecto de reconstrucción tras el terremoto de Ecuador en 2016, frente a una propuesta institucional de relocalización a gran escala, el trabajo participativo con la comunidad permitió priorizar la rehabilitación de unas escaleras públicas que conectaban el pequeño puerto pesquero con la zona alta y segura del pueblo. Aunque se trataba de una intervención de escala reducida, tenía un impacto cotidiano muy significativo y facilitó posteriormente la aceptación de otras transformaciones en el entorno.
Asimismo, consideramos que la dimensión ética es especialmente relevante en contextos de crisis. Las soluciones impuestas o basadas en modelos estandarizados tienden a ignorar las particularidades locales y pueden derivar en intervenciones desconectadas de las necesidades de la población, o incluso en la pérdida de prácticas y conocimientos locales.
En definitiva, entendemos el diseño como parte de un proceso más amplio, en el que las decisiones deben ser siempre sensibles al contexto, a las dinámicas sociales y a la evolución de la crisis en el tiempo.
El viaje de campo es un elemento central del máster. ¿En qué consistirá esta experiencia y qué aporta el hecho de trabajar con comunidades, ONG e instituciones locales en la inmersión real de un proceso de reconstrucción?
El viaje de campo se plantea como un taller en colaboración con organizaciones locales, representantes de la comunidad y, cuando es posible, universidades locales, en torno a un proyecto real que el estudiante continuará desarrollando durante el TFM. Esta experiencia permite aplicar los conocimientos adquiridos y comprender la complejidad de los procesos de reconstrucción, incluyendo las relaciones entre actores y las dinámicas de poder. El trabajo directo con comunidades, ONG e instituciones aporta una comprensión situada y crítica que no puede obtenerse desde el aula y que es tan o más necesaria en intervenciones en situaciones de crisis. En este sentido, el viaje es fundamental para el desarrollo de la dimensión cualitativa del proyecto final de master, ya que permite identificar las dinámicas, prioridades y necesidades reales de la comunidad, así como diseñar metodologías que integren esta información en el proceso de diseño. No se trata de desarrollar proyectos de forma aislada, sino de trabajar con los actores locales para construir propuestas viables y contextualizadas. Es así que en muchos casos el proyecto académico del TFM, acaba convirtiéndose en unas futuras prácticas con las instituciones implicadas. La experiencia in situ resulta imprescindible en cualquier proyecto urbano o arquitectónico, pero especialmente en contextos de crisis, donde entender cómo funcionan los sistemas en la vida cotidiana permite no solo responder a la emergencia, sino también incorporar estrategias de prevención y adaptación a largo plazo.
El máster trabaja desde múltiples escalas, desde el núcleo del hogar hasta los asentamientos al territorio y la transformación urbana. ¿Por qué es clave abordar la reconstrucción desde esta visión multiescala?
Porque las crisis actuales ya no son aisladas, sino sistémicas y multiescalares, vinculadas a dinámicas ambientales, urbanas y sociales. Esto nos obliga a replantear la reconstrucción desde una mirada más integrada, que no solo responda a la emergencia, sino que también aborde las causas de fondo.
Por ello, en el máster trabajamos precisamente en esta línea, buscamos ayudar a los estudiantes a comprender cómo estas crisis se conectan entre distintas escalas, desde el territorio hasta la vivienda. Para ello, incorporamos enfoques y asignaturas relacionadas con la justicia ambiental y la ecología política, así como otras que abordan la complejidad del sistema humanitario, desde el cobijo hasta el asentamiento. Todo esto implica, además, cuestionar nuestro propio rol como arquitectos, arquitectas y urbanistas, adaptando las herramientas y metodologías aprendidas en la carrera a estos contextos de crisis.
Las ciudades, desde los proyectos urbanos hasta los planes, deben replantear su capacidad de adaptación y adecuar sus herramientas a estos nuevos contextos. La flexibilidad de los sistemas urbanos es clave para dar respuesta tanto a desplazamientos derivados de desastres climáticos como a desplazamientos forzosos de población. Por ejemplo, durante la crisis siria, Alemania recibió alrededor de un millón de refugiados y tuvo que implementar diversas estrategias de integración, desde viviendas temporales hasta la incorporación en barrios consolidados. El máster, al ser altamente internacional y contar con docentes de diversos países, aporta también ejemplos de proyectos de intervención en múltiples escalas.
Comprender estos fenómenos desde una visión que conecte el territorio, los asentamientos y la vivienda es fundamental para evitar respuestas parciales o impositivas, y avanzar hacia soluciones más integradas y adaptadas a la complejidad de las crisis actuales. Por ello, es clave trabajar desde una perspectiva multiescalar.
El Trabajo Final de Máster (TFM) integra investigación aplicada y propuesta de diseño. ¿Qué tipo de proyectos esperan que desarrollen los estudiantes y qué impacto pueden llegar a tener?
El Trabajo Final de Máster parte del trabajo de campo que se realiza durante el taller in situ, así que los estudiantes trabajan siempre sobre un caso real y muy concreto. Los proyectos suelen centrarse en contextos de postcrisis, por ejemplo, después de un desastre, en procesos de reconstrucción o en barrios con situaciones sociales complejas, y combinan investigación aplicada con propuestas de diseño a distintas escalas.
Algo importante es que no son ejercicios teóricos, son proyectos vinculados a necesidades reales, normalmente en colaboración con administraciones locales, organizaciones o comunidades que buscan apoyo. Esto puede implicar, por ejemplo, pensar cómo mejorar un barrio en situación de vulnerabilidad, cómo responder, desde la vivienda a la integración urbana de población desplazada o cómo activar procesos de reconstrucción tras un desastre.
Durante los últimos meses del máster, los estudiantes trabajan en su TFM con toda la información que han recogido en campo, tanto cualitativa como espacial, para desarrollar propuestas de diseño bien fundamentadas, que se entienden como parte de estrategias más amplias. Más allá del resultado final, lo más interesante es el impacto que pueden tener estos proyectos, la idea es que sean útiles, que estén bien integrados en el contexto y que puedan servir a los actores locales. En muchos casos, funcionan como herramientas reales para iniciar cambios, abrir debates o aportar nuevas miradas sobre el territorio.
En procesos recientes de reconstrucción tras desastres como los que empiezan a plantearse tras la DANA en Valencia ya se están generando debates sobre la calidad y la ambición de algunos proyectos. Desde vuestra experiencia, ¿por qué muchos procesos de reconstrucción post-crisis fracasan o terminan siendo poco transformadores?
Muchos procesos de reconstrucción fracasan o no llegan a ser realmente transformadores porque no incorporan suficientemente el contexto local ni las necesidades reales de las comunidades afectadas. Con frecuencia se priorizan soluciones rápidas y estandarizadas, sin comprender cómo vive la gente, cuáles son sus dinámicas sociales o qué capacidades existen ya en el territorio.
En nuestra experiencia, esto puede generar dependencia de materiales importados y la sustitución de recursos locales, con un mayor coste ambiental y una menor resiliencia a largo plazo. También ocurre que algunos asentamientos temporales no tienen en cuenta el clima ni los medios de vida, lo que puede alejar a las personas de sus trabajos y debilitar sus economías. Además, la escala urbana suele ser la menos trabajada tras una crisis, a pesar de que debería abordarse en paralelo a la vivienda. Los medios de vida, los espacios de significación colectiva y el entorno urbano deben formar parte de la reconstrucción, no como si el desastre no hubiera ocurrido, sino aprendiendo de él.Por eso es clave abordar la reconstrucción desde una visión territorial, evitando volver a construir en zonas de riesgo y apostando por enfoques sistémicos y multiescalares que permitan soluciones más sostenibles en el tiempo.
Las crisis también pueden ser una oportunidad para repensar y transformar hacia algo mejor. Pero si no se incorporan todas las voces, especialmente las locales, esta oportunidad puede perderse. Afortunadamente, el sector humanitario ha evolucionado en los últimos años, impulsado también por el aumento de las crisis globales, hacia soluciones más semi-permanentes en lugar de puramente de emergencia, la incorporación de materiales y conocimiento local, y la adaptación de asentamientos y tipologías a factores climáticos, de prevención y mitigación del riesgo.Esa es la perspectiva que queremos transmitir a los y las estudiantes del máster, entender que, como profesionales del entorno construido, no se trata de imponer soluciones, sino de facilitar procesos y contribuir a una mejora real en la complejidad de las crisis.
Al final, sin una mirada situada y sensible al contexto, es muy difícil que la reconstrucción no solo repare, sino que realmente transforme. Y esa es precisamente la capacidad que queremos que desarrollen los estudiantes del máster, intervenir de forma más consciente, responsable y transformadora en contextos de crisis.